El comercio da carácter a las ciudades

El ayuntamiento de Lisboa acaba de anunciar que protegerá como bienes histórico-culturales los establecimientos comerciales que dan carácter a la ciudad. Sí, porque las tiendas, los pequeños talleres y los establecimientos que dan servicio a los ciudadanos forman parte de nuestro paisaje y cuando descuidamos ese paisaje, desaparecen. Y los comercios, su personalidad, también contribuyen a crear Marca España.

El comercio minorista y los pequeños negocios a pié de calle han ido desapareciendo. Redes de franquicia, grandes cadenas de distribución, abolición de las rentas antiguas en los cascos históricos, la pérdida de vocaciones de tenderos o botigers han ido eliminando de nuestras ciudades lo que antes les dotaba de personalidad. Había gente que no conocía las calles por su nombre, sino por “donde está la ferretería tal o la mercería cual”.

Donde antes competían tiendas de ultramarinos, charcuterías o zapaterías, ahora son calles con una sucesión de peluquerías, salones de uñas, clínicas dentistas o fruterías paquistaníes. Porque hay que ver lo que proliferan estos tipos de negocio.

En Valencia, por ejemplo, hay manzanas enteras en barrios céntricos cuyos bajos comerciales exhiben una sucesión de carteles de “se alquila”. Muchos de los negocios que allí existían se han trasladado a calles con alquileres más económicos. Almacenes de electricidad o de fontanería que ya no pueden afrontar el aumento de rentas, o comercios de proximidad que tienen que competir con grandes multinacionales, como las tradicionales ferreterías.

En otros casos es la innovación la responsable de la desaparición negocios como papelerías y librerías: entre las megatiendas y el comercio electrónico, a no ser que sea un establecimiento especializado, el futuro se presenta más bien oscuro.

Las calles con comercios tienen vida, no da reparo pasar por ellas, tienen mayor o menor bullicio, pero en todas ellas se respira actividad, gente que transita por las aceras, se para a ver un escaparate, entra o sale de una tienda, saluda a un vecino o se entretiene a hablar con un conocido. Urbes como Nueva York tienen ese carácter de ciudades vividas por el comercio que invade sus calles.

Las ciudades, desgraciadamente, se diferencian cada vez menos: una sucesión de las mismas marcas, con los mismos productos; las mismas cafeterías con el mismo café infecto y carísimo … hasta actividades antes con fuerte componente artesanal y exclusivo como las joyerías se han homogeneizado por obra y gracia de la franquicia. Las joyas ya no son un producto exclusivo o artesanal, sino que hay tantas réplicas, por lo menos, como puntos de venta abiertos tenga la marca.

Lisboa, como dije al inicio, anuncia medidas para salvar su comercio tradicional que van desde rebajar los impuestos municipales a proporcionar ayudas para la reforma del local sin que pierda su personalidad. Desde hace algo más de un año está elaborando un censo de establecimientos históricos que entrarían en esa categoría de bienes protegidos. Nosotros, desgraciadamente, llegamos tarde, en los dos últimos años hemos visto desaparecer del centro todo tipo de actividad: talleres de relojería, pastelerías, textiles para el hogar, colmados, pequeñas imprentas, tiendas de muebles, droguerías, reparación de calzado, … en muchos casos, actividades ciertamente que están en decadencia, porque las costumbres han cambiado y también las necesidades.

Pero también se han visto desplazadas por los megacomercios especializados -generalmente propiedad de multinacionales extranjeras- que flanquean las autovías de acceso a la ciudad y en lugar de comprar un electrodoméstico en la tienda del barrio, el consumidor se desplaza varios kilómetros para sumergirse en un laberinto en el que es difícil encontrar la salida.

En Valencia, afortunadamente, contamos con un lujo llamado Mercado Central, que él solito atrae a cientos de turistas todos los días que se quedan atónitos de la belleza del edificio y de la jovial actividad que se genera bajo su cubierta. Los comerciantes del Mercado Central han aprendido a sacar provecho de esas visitas que frecuentemente colapsan los pasillos y no dejan beneficio: ofrecen sus productos en pequeñas raciones a un euro: zumos, fruta troceada, cucuruchos de embutido … al menos que hagan un mínimo gasto.

Salvar ese carácter único de las ciudades no sólo depende de la cobertura protectora que pueda proporcionar la administración. Depende también de nuestra propia voluntad y la de los comerciantes y propietarios de los negocios a pié de calle. Dar un buen servicio, buenos productos y precios competitivos está en su mano. Y si encima te dicen -como el eslogan de la campaña municipal- “ma que eres bonica”, tienen mucho ganado.

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